Sexo público y guerra social

Penetrando en el puerto, los embarcaderos trazan el borde de la metrópolis. Acercándose, comienza a evidenciarse que una docena de cuerpos están confundiéndose entre sí, creando un circuito de placer sobre los conductos abandonados del capital. Cada noche, en cada sitio, los esqueletos postindustriales son abiertos en canal; los edificios son ocupados durante varias noches de orgías precarias y muy chungas. Un aparcamiento lleno de camioncillos se convierte en un laberinto de cavernas –cavernas en las que cada camión es tan negro como la boca de un lobo eruptando una cacofonía de tacto, empuje y corridasentre anónimos. Espacios negligentes como zonas de juego para cuerpos-en-devenir. Flirtear en un parque o en el metro como la disposición para follar a la hora del almuerzo en un callejón o en las escaleras. Potente gesto de encuentro.

Hay quienes han hablado de este período de sexo público entre las luchas de obstrucción y las arremetidas del SIDA como el período sexual más libre de la historia. Nosotros lo entendemos más como el momento de resistencia al control social o al desencadenamiento de poder extremadamente troceado por los espectros del biopoder. Más importante aún, observamos esto como una sudorosa y dulce estirpe de subversión que hemos heredado por derecho.

Señalamos lo público como el reino de la metrópolis –el espacio en el que el control social es más amplio y riguroso. Biopoder es el nombre que le damos a la fuerza que gobierna nuestros cuerpos y el espacio entre nuestros cuerpos. La lógica de lo público es la lógica de la alienación. Una síntesis disyuntiva que traza átomos a través de los flujos del capital. Millones de órganos produciendo una cohesión abismal, todavía cuarenta personas a la luz del vagón que no podrían dormir por hacer contacto visual. El ritmo más banal del culo dicta lo público. Esta mierda es la fábrica.

“Me importa una mierda que aquellos maricones lo hagan tantas veces que yo no pueda verlo.” A lo público se le ha despojado del sexo; es un desierto de cuerpos estériles. “Lo que uno hace en la privacidad de su habitación es asunto suyo”. La conclusión es que nuestro público es la empresa de los agentes del biopoder.

El sexo público, por tanto, es una lucha biopolítica –un ataque de deseo de cuerpos contra este mundo y la mierda en la que vivimos. Follando donde más nos plazca, actuamos para sabotear los mecanismos de control social. Rechazamos nuestra relación con la fábrica y cesamos de trabajar – más que eso, elegimos actuar sólo en las capacidades que nos traen el más explosivo y peligroso júbilo. Participando en la orgía de lo público, creamos zonas de indeterminación en las cuales las inauditas- formas-de-vida son emparejadas con afectos salvajes y deseos liberados. La orgía pública como zona autónoma –como la erótica ingobernabilidad del hijo bastardo del biopoder.

Lo contra-público sexual deviene expansivo, incluso síntesis. Los edificios pierden su significado adscrito –en lugar de devenir la mancha de los asuntos sórdidos de la noche. Los parques, los puentes y los embarcaderos son re-inscritos con significado como lugares de recreo limitados para el deseo. Las bellas singularidades van juntas en el mismo tren, teñidas de otro potencial mundial, como conspiraciones insurrectas contra la esterilidad y el horror del capitalismo postmoderno. La metrópolis es observada desde la perspectiva de este potencial –los caminos que ella nos puede hacer llegar. Las calles ya no manejan directamente los flujos del imperio. Más que eso, se han convertido en puntos-de-partida para cuerpos buscándose unos a otros en la revuelta estática. La comunidad terrorífica deviene irrelevante al igual que los flujos de decadencia son reterritorializados. Declarar la “ocupación” de lo poco significa casi nada.

Estamos dispuestos a materializar la indistinción entre modos de placer y el resto de nuestras vidas miserables. Es decir, colapsar las categorías del ‘sexo’ y la ‘vida diaria’ en la rotura transcendental de la normalidad. Bosquejar una línea de fuga en algo de placer imposible y orgasmo criminal.

Estas líneas de fuga, si están unidas a otras, pueden conducir a la crisis como poblaciones completas que están sensibilizadas con las singularidades de sus participantes, combinando los potenciales y creando otros nuevos. Si el significado es un encuentro de fuerzas, y una cosa puede tener tantos significados como fuerzas es capaz de aglutinar, la fuerza de tus labios en mi cuello y el peso de tus caderas contras las mías crean una región de claridad, encontrando el significado en los muros. Podríamos llamarlo una infusión de vida.

Nosotros llamamos a esto devenir-una-danza-acelerada de génesis y aniquilación; invención carnal, como ellos dicen. Como orgasmos en conjunción, extraemos de unos y otros los inmensos afectos virtuales: caminos a través de los cuales los cuerpos se conectan entre sí y con el mundo. Los combinamos y los materializamos en carne. Devenir-monstruosidad.

Devenir, empezar como deseo más allá de las limitaciones corporales, da lugar al trastorno del hábito; la ampliación de un agujero y el agujero –cada vez más– lleno con potencial. Re-devenir indomesticado.
Re-erotizar lo público. En la orgía, podemos rasgar ampliamente la tela del control social, creando zonas más y más grandes de autonomía popularizada a través de singularidades cada vez más grandes y calientes, cada una de ellas conteniendo una geografía sexual-virtual desconocida para este mundo.

Tenemos diecisiete años y follamos en los museos públicos. Rodeados de arte maya y estatuas de tigres, estoy de rodillas con tu polla en mi boca. Nuestros susurros silenciosos y la respiración frenética se convierten en un lenguaje secreto de poder. Y nosotros, deviniendo-monstruos, nos comemos toda restricción y apología. El mundo se rompe cuando llegamos, pero no es suficiente. Por supuesto, lo queremos todo, expropiar lo público como una zona salvaje de devenir-orgía y destruir lo que se interpone en nuestro camino.

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