Plan B. La venganza de la clase trabajadora

Cada día, me levanto de la cama y me pregunto qué sería lo peor que puedo hacer para castigarme por no derribar el capitalismo.

Cada día, me levanto de la cama y me pregunto qué sería lo peor que puedo hacer para castigarme por no derribar el capitalismo. Después, me castigo. He tomado polvo de ángel y me he cortado la cara con cristales rotos. He saboteado líos de amor y cancelado vacaciones. Me he tomado fotos mirando fijamente el espacio frente al zumbido de la pantalla, de la pelusilla que se concentra en mi nariz congestionada o robando algo de dinero de la caja registradora para comprar algunos cigarros. He subsistido a base de estos pequeños y fuertes caramelos que saben como bioproductos químicos y rompen mis dientes en pequeños trozos, he destrozado mi cuerpo con todos los snacks de fábrica que se puedan imaginar –una infinidad de aceita y diez mil libras de azúcar han debido pasar por mi sistema. No hago ejercicio, y cuando lo hago, lo hago en una máquina bajo luces fluorescentes. He pasado la noche fuera durante semanas, yendo al trabajo cada mañana con ojos como agujeros rojos abriendo el infierno. Vivo en un zulo con moho entre los azulejos del baño y hongo negro en los muros. Me he golpeado inconscientemente, me he roto las manos golpeando ladrillos, me he puesto una bala tras otra en la sien, sé con dolor que mis hijos no me llamarán cuando sean lo suficientemente mayores como para irse de casa. Bebo licor de malta, juego al mini golf, veo la televisión diez horas seguidas y conozco todos los nombres de los actores de comedia y todas las estadísticas del fútbol de cuarenta años para acá. La heroína, la declaración sobre la renta, los estudios médicos, los putos trabajos. Incluso voto en las elecciones de los cojones.

Normalmente, soy un sol, quiero que todo el mundo viva felizmente para toda la vida. Sólo en esto soy absolutamente implacable: mis sueños no se van a hacer realidad, y alguien tiene que pagar. Todo lo que no soy y no puedo ser debe perdurar –el estar vivo cuando quiero morir y estar muerto cuando quiero vivir–, la derrota, la ignominia, las cursiladas. Sólo hay una persona a la que me puedo encomiar y con la que puedo escapar de esta mierda, sólo una persona con la que me siento identificado para desatar toda esta rabia, como la indignidad y la agonía que se han impuesto sobre él.

Puedo perdonar a cualquiera -¿no está haciendo mi jefe lo que tiene que hacer para salir adelante? ¿No son la violencia, la intolerancia y la mediocridad de los demás perfectamente comprensibles bajo las circunstancias en las que vivimos? Yo mismo, incluso –yo debería haberlo destruido todo, debería haber hecho la revolución, debería haber trabajado más duro. Atormentándome a mí mismo, he salvado un poco de dignidad: si merezco sufrir, esto quiere decir que no soy un payaso estúpido. No debería formar parte del tribunal revolucionario, de la policía secreta, del escuadrón incendiario de la insurrección–pero puedo formar parte del juicio contra mí, interrogándome, ejecutándome a mí mismo.

Hoy día, ya no hablo más de capitalismo. ¿Qué hay ahí? Nadie en mi familia lo ha llamado así desde que mi padre era niño. No le pongo el nombre de venganza a mi proyecto –es sólo la vida diaria. No hago llamamientos en mitad de la noche, sólo interactúo con ella. Siempre voy con el tiempo. Sólo existe una historia en este mundo – el sufrimiento con el que me condeno por no vivir en otro. Hablo del trabajo a jornada completa.

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