El corazón de la Guerra

Más que matar a nuestros enemigos, nos matamos entre nosotros, y esto es un problema. Nuestras muertes conjuntas no son físicas, sino políticas en el sentido de que rompen los medios de existencia que nos sostienen. Los lazos de confianza forjados en el crisol de la revuelta son incendiados muy fácilmente cuando olvidamos permanecer fieles a lo que es incondicional en las relaciones. Las donaciones de sufrimiento deberían ser regalos para nuestros enemigos, no para nuestros amigos. Aquellas personas que cuidamos sin restricción alguna, aquellas con quienes compartimos nuestras necesidades y deseos sin vergüenza, aquellas con quienes corremos de la mano sin mirar atrás – no son la meta de nuestro odio hacia el capitalismo. Más bien son las fuerzas elementales en una guerra que tiene el potencial de acabar con toda ley.

Si se quiere tener un amigo
hay que querer hacer también la
guerra por él; y para hacer la
guerra hay que poder ser enemigo.
–Nietzsche, Así hablo Zaratustra

La guerra, según Clausewitz1, no es simplemente un suplemento para la existencia humana. Es más bien una forma desarrollada del coito en cualquier sociedad asediada por la política. Usar la guerra como medio de gestión de conflictos entre naciones es la prerrogativa del Estado; usar la guerra como medio para negar una sociedad basada en clases es la estrategia de la insurrección. Cuando estos dos tipos distintos de guerra se confunden en la sociedad espectacular entramos en el estadio biopolítico del conflicto armado, la guerra social. Aquí, las condiciones de nuestra existencia son los puntos primordiales del combate. A través de la revuelta, nos redescubrimos como partisanos, como armas, como metas; devenimos la causa-objeto de nuestro deseo.

La guerra no podrá acabar hasta que acabe la específica forma histórica de la gestión total conocida como política. Huir de la guerra requiere una sustracción de la política, un acto indescifrable en el discurso que no puede ser regulado por ley. Revirtiendo la máxima de Napoleón de que “un acontecimiento no existe para gobernar la política, es la política la que gobierna al acontecimiento,”2 encontramos una pista sobre cómo conseguirlo. Básicamente, un acontecimiento que “gobierna” la política, la destruye. Está en nosotros hacer estos acontecimientos posibles.

Si una batalla sangrienta es
un espectáculo horrible, esa debería
ser simplemente la razón para poder
apreciar más la guerra, y no permitir
que nuestras espadas resulten
desafiladas dentro de poco a través
del humanitarismo, para que alguien
aparezca con una espada afilada
y nos corte los brazos,
separándolos de nuestro cuerpo.
–Clausewitz

 

1. Carl von Clausewitz, 1780-1831, fue un napoleónico estratega militar de Prusia. Su tratado de la guerra fue transcendental para el desarrollo de la teoría de la guerra.
2. Napoleón, Cómo hacer la guerra. I. 10

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